Tres teléfonos.
Una promesa.
Todo Vyron lleva el mismo núcleo cuántico: una llamada, una clave, destruida al colgar. El resto se moldea según adónde se lo lleve.
Vyron Sentinel.
Para las llamadas de las que dependen las naciones. Aislado por hardware, bajo control soberano, sellado clave a clave.
Un encargado de negocios informa cada noche a Riad desde un edificio donde las paredes escuchan por defecto. La escucha funciona. Captura ruido perfecto, noche tras noche.
Vyron Nova.
El buque insignia de la sala de juntas. IA neuronal en el dispositivo, claves cuánticas por llamada, curva de aprendizaje cero.
Seis semanas de llamadas de negociación, cualquiera de las cuales movería mercados si se filtrase. Cuando la operación se cierra, todas las claves que la protegieron ya están destruidas.
Vyron Pulse.
Hecho para el peor día. Frío ártico, turnos de 72 horas, zonas sin cobertura. Sigue hablando, cifrado.
Antenas a oscuras, temperaturas de −30°, cuadrillas de restablecimiento coordinándose por respaldo satelital. La red vuelve; las comunicaciones nunca llegaron a caerse.
Construido como una cámara acorazada.
Seguridad que puede sostener en la mano. Cada capa del dispositivo da por hecho que la de encima ya ha sido derrotada.
Mismo núcleo. Distinta armadura.
Dos ediciones.
Cero concesiones entre ellas.
El núcleo de seguridad es idéntico en cada unidad que enviamos. Las ediciones cambian los materiales que tiene en la mano, nunca las matemáticas que protegen su voz.
Reforzado, listo para la misión, pensado para flotas.
La misma caja fuerte, acabada a mano.